California-

agosto 12, 2016

Luego de la noche que grité: -“Sí, me voy a California…, ¡mañana!”, tuve que esperar casi dos semanas para emprender el viaje. Una vez llegando allí, el tráfico me recibió con los brazos abiertos, y me hizo sentir como en cualquier otro día en la Ciudad de México.

Es interesante la manera en la que algunos sitios de Los Angeles son tal cual México. Un México que puedes apreciar estampado de cientos de murales con los que fácilmente te encuentras por las calles. Dichos murales son tan cálidos, que yo, como mexicana, me he sentido bienvenida en un lugar donde la cultura mexicana ha traspasado las fronteras entre países.

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Precisamente hay una pequeña placita mexicana (Placita Olvera) donde se puede disfrutar de comida tradicional, puestos de ropa, museos, iglesias, y de caminatas en callecitas parecidas los corredores de pueblitos mágicos.

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Despedidas

junio 23, 2016

Desde mi llegada a Texas comencé a estudiar inglés en una escuela para adultos, que me permitió familiarizarme con el idioma de manera muy rápida, porque he tomado cursos intensivos de Lunes a Viernes de 8:30 a.m. a 12:00 p.m, y trabajado por las tardes.

Este paso en la escuela expadió mi panoráma en exceso, porque la familia que adopté en ese lugar la conformaban personas de 10 países distintos. Personas que me acercaron de una forma maravillosa a sus culturas.

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Hoy, ese espacio ha quedado vacío, debido a las vacaciones de verano que se atravesaron, el regreso de muchos a sus países de origen, y el más importante, el semestre ha terminado. Junto a ellos pude ser consciente de los diversos colores con los que cada uno vemos, disfrutamos y sufrimos la vida. ¡Qué placer tan grande me dio el conocer gente que comenzó a caminar mucho antes de que yo naciera!.

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De México a Texas

junio 19, 2016

Tengo una amiga que hace casi un año me dijo lo siguiente: “en realidad no sabía lo que significaba el estatus de primer mundo hasta que lo experimenté en New York, pues justo allí supe por qué un país tercermundista es un país tercermundista”. Su comentario justamente le dio al clavo con lo que estaba viviendo en aquél momento, pues al estar en territorio estadounidense he podido hacer las comparaciones más minuciosas que lamentablemente los libros y las noticias no me enseñan con experiencias. Eso es, ¡experiencias!. A pesar de que el pueblo en el que estoy no se compara en nada con New York, no deja de ser igual de diferente que nuestro mexiquito (lo digo en diminutivo por la costumbre que tenemos de hablar todo con un mucho tacto).

El pueblo tiene un pequeño centro histórico que están restaurando, el cual hace unos meses estaba muy abandonado, pero con el paso de tiempo se han desarrollado más y más negocios que dan paso a lugares donde puedes disfrutar de un buen café a la hora de estudiar, y galerías de arte donde se puede disfrutar de exposiciones y de clases de pintura para adultos, acompañadas de un buen vino para desarrollar la creatividad.
A pesar de ello, el centro sigue estando un poco abandonado, y me atrevo a pensar que debido a la carencia de cultura de esta zona, la población suele visitar más el único centro comercial que hay, y quienes tienen la oportunidad, salen a las ciudades más cercanas.

Las calles, las colonias, el centro, el transito tan ordenado de los autos, las plazas comerciales, la gran diversidad cultural, los restaurantes, las tiendas mexicanas y el tipo de alimentos que puedes encontrar aquí definen de una manera muy peculiar el pueblo Bryan-College Station, las cuales me sorprenden lo suficiente para sentir la necesidad de reflexionar acerca de la importancia que le dan al bien que tienen en común, porque todos respetan las señales de tránsito, las calles son en extremo limpias y gozan de buen estado, las distancias son más largas, pero al no existir el tráfico todo parece más cercano, etc.

 

En la segunda semana que llegué, unos primos me consiguieron trabajo en un restaurante tipo buffet, donde un amigo de ellos es gerente. Me pudieron colocar dentro de la panadería, donde además de abastecer todo el tiempo la linea de consumo, tenía que servir helado, hacer algodones de azúcar, preparar postres, hornear un poco y decorar pasteles. En éste, mi primer trabajo, me ocurrió algo en exceso gracioso, justo el tipo de cosas que sólo me ocurren a mí, pues he sido la única en aquél restaurante que se lesiona la muñeca por servir helado.

Algo que no deja de aterrarme es que al cierre del restaurante, todos los empleados comienzan a tirar toda la comida (que está en buen estado), pero más que tirar la comida, me aterra lo irracional que son sus expresiones cuando lo hacen. Son personas que claro, les pagan un sueldo para satisfacer las necesidades del restaurante, pero más que ello, son personas que no reflexionan sobre el daño, las malas acciones y los valores que conllevan dichos actos. Algún día comenté esto con un guatemalteco que también le desagradaba esta manera de despreciar una de las cosas más valiosas del mundo. Pero no sé, quizá suene un poco dramática, pero supongo que este significado y aprecio a cosas tan comunes como un plato de comida, no lo puedan percibir o apreciar algunas personas, por la simple razón de que ellos no tienen una idea esclarecida de lo que significaba escasez. De lo que significa un día con hambre o tal vez de una semana sin agua, ni para los alimentos, ni para mantener limpio el baño. Justamente el tema del agua lo viví más a fondo con una compañera que tira el agua por gusto. Con ello me acordé mucho de una de mis tutoras, porque estoy segura de que se moriría antes que yo, al ver que tal mujer abre las dos llaves de un lavadero y se va. Así, sólo abre las llaves y deja que el agua corra y corra y se desperdicie. Un día le pregunté la razón de su acción, y con la mano en la cintura y con una carcajada me contestó: porque yo no la pago. Creo que era mejor no preguntar.
Eso me hizo pensar que, además de que era un ser muy desagradable y cínico, directamente no era su culpa, porque seguramente esos valores tan retorcidos los adquirió de alguien que falló al tratar de educarla. Sé que eso no justifica nada, pero por lo menos me hace sentir mejor.
En resumen, es doloroso ver cómo desperdician y desechan todo, sin sentido, sin razón, sólo lo hacen. Son como sonámbulos que deambulan por ahí. Creo que tanto desperdicio tiene que ver con que hay demasiados restaurantes para la pequeña población que hay, tanto en Bryan, como en College Station, o más bien porque el sistema económico capitalista.
Otra cosa, en cuanto a la comida, que es muy conocida, es la gran producción de comida chatarra y el exceso en con sumo de azúcar. Pero en fin, eso no fue tan sobresaliente. Lo que sí llamó mi atención es el tipo de postres que acostumbran. Para mis gustos, algunos ni siquiera son agradables a la vista.

El trabajo se tornó difícil, porque además de no estar acostumbrada con la comida, y con la forma de trabajo, todos los días me tocaba cerrar, eso significaba lavar el piso del área asignada y dejar todo listo para el día siguiente. Trabajaba de viernes a domingo, de 4:00 a 10:00 pm, y como acá es escaso y muy lento el transporte público, mis tíos y mis primos me daban aventones cada que lo necesitaba.

Dos semanas después de iniciar a trabajar comencé a asistir diario  a una escuela de inglés para adultos, de 8:30 a 12:00 pm.

Fue enorme esta transición desde cualquier punto donde se la mirase, porque comencé a ser independiente de un golpe, a vivir en otro país donde no estaba casi en absoluto familiarizada, donde tuve que trabajar como nunca por el excesivo costo de vida en este territorio, donde debía ignorar los malestares que tenía de una posible crisis asmática para no faltar a trabajar, y entre muchos otros cambios, vivir una de las más grades frustraciones de mi vida: no poder expresar mi pensamiento y no entender el de los demás por no dominar el idioma.

La misma necesidad fue la causante de que me propusiera a superar estas adversidades, con el único fin de aprender inglés para continuar mi carrera de filosofía en México.

 

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La espera del Sol

junio 18, 2016

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junio 1, 2014

4505347774_5f8936598b_bSoñé que un vagabundo tomaba dos mechones de mi cabello para luego frotar la suciedad de sus manos sobre él.

Aún recuerdo que al hacerlo, no me pude quejar de su acto. Sólo cerraba mis ojos, esperando a que me hiciese algo malo, pero no fue así.

LA ÚLTIMA FLOR

febrero 22, 2014

             James Thurber (Estados Unidos, 1894-1961)
La duodécima guerra mundial, como todo el mundo sabe, trajo el hundimiento de la civilización. Pueblos, ciudades y capitales desaparecieron de la faz de la tierra. Hombres, mujeres y niños quedaron situados debajo de las especies más ínfimas. Libros, pinturas y música desaparecieron, y las personas sólo sabían sentarse, inactivos, en círculos.
Pasaron años y más años. Los chicos y las chicas crecieron mirándose estúpidamente extrañados: el amor había huido de la tierra. Un día, una chica que no había visto nunca una flor, se encontró con la última flor que nacía en este mundo. Y corrió a decir a las gentes que se moría la última flor. Sólo un chico le hizo caso, un chico al que encontró por casualidad.
El chico y la chica se encargaron, los dos, de cuidar la flor. Y la flor comenzó a revivir. Un día una abeja vino a visitar a la flor. Después vino un colibrí.
Pronto fueron dos flores; después cuatro… y después muchas, muchas. Los bosques y selvas reverdecieron. Y la chica comenzó a preocuparse de su figura y el chico descubrió que le gustaba acariciarla. El amor había vuelto al mundo.
Sus hijos fueron creciendo sanos y fuertes y aprendieron a reír y a correr.
Poniendo piedra sobre piedra, el chico descubrió que podrían hacer un refugio. Muy deprisa toda la gente se puso a hacer casas. Pueblos, ciudades y capitales surgieron en la tierra. De nuevo los cantos volvieron a extenderse por todo el mundo.
Se volvieron a ver trovadores y juglares, sastres y zapateros, pintores y poetas, soldados, lugartenientes y capitanes, generales, mariscales y libertadores. La gente escogía vivir aquí o allí.
Pero entonces, los que vivían en los valles se lamentaban por no haber elegido las montañas. Y a los que habían escogido las montañas, les apenaba no vivir en los valles…
Invocando a Dios, los libertadores enardecían ese descontento. Y enseguida el mundo estuvo nuevamente en guerra. Esta vez la destrucción fue tan completa que nada sobrevivió en el mundo.
Sólo quedó un hombre… una mujer… y una flor.

diciembre 23, 2013

Es esta realidad la que nos lleva a entender que un enfoque emocional es nuclear para aprender y memorizar, y, desde luego, para enseñar. Y nos lleva a entender que lo que mejor se aprende es aquello que se ama, aquello que te dice algo, aquello que, de alguna manera, resuena y es consonante (es decir, vibra en la misma frecuencia) con lo que emocionalmente llevas dentro.Cuando tal cosa ocurre, sobre todo en el despertar del aprendizaje en los niños, sus ojos brillan, resplandecen, se llenan de alegría, de sentido, y eso les empuja a aprender.

¿Por qué los niños están siempre preguntando?¿Se puede enseñar por igual a niños crecidos en culturas y de etnias diferentes? ¿Hay que ser de raza judía para ser académicamente brillante? ¿Por qué el ambiente familiar de estudio es tan determinante en las capacidades de aprender de los niños? ¿Se puede memorizar mejor durmiendo mejor? ¿Qué hace que se aprenda y memorice mejor si uno se equivoca más? ¿Por qué es más interesante una pregunta brillante que una contestación brillante? ¿Por qué hoy la letra con sangre ya no entra? ¿Es lo mismo enseñar arte o matemáticas, medicina o derecho, fontanería o filosofía? ¿Cómo enseñar que hay dos formas cerebrales de aprender matemáticas? ¿Podrán los nuevos ordenadores de alto procesamiento (relación y reconocimiento personal del estudiante) sustituir a la relación maestro-alumno?

 

Fuente: La neuroeducación demuestra que emoción y conocimiento van juntos

Por: Carlos Arroyo | 19 de diciembre de 2013

http://blogs.elpais.com/ayuda-al-estudiante/2013/12/la-neuroeducacion-demuestra-que-emocion-y-conocimiento-van-juntos.html

septiembre 26, 2013

Me declaro amante de ciertos tipos de sindactilia y ciertos tipos de manchas causadas por vitiligo.

septiembre 16, 2013

La pobreza no envilece: aunque esta frase sea cierta, al pobre se le envilece y consuela con el dicho. Se trata de una de esas frases que podían haber tenido su valor y cuya decadencia es evidente. Hoy tiene el mismo efecto que aquella otra frase brutal: el que no trabaja, no come. Cuando había un trabajo que alimentaba a su marido, la esposa reconocía que la pobreza no envilecía. Lo que verdaderamente envilece es el desgaste donde millones han nacido, donde cientos de miles quedan atrapados. Mugre y miseria crecen como muros levantados por una mano invisible. Cualquier individuo puede soportar la miseria a solas, pero si su mujer lo observa siente vergüenza. El individuo es capaz de soportarla mientras se encuentre solo, mientras pueda ocultarla. En estas circunstancias nunca deberá pactar con la pobreza, menos aún cuando se cierne como una sombra sobre su pueblo y su casa. Permanecerá despierto, consignará toda humillación, y la hará suya hasta que el sufrimiento vaya abriendo no la calle estrecha de la tristeza, sino el sendero ascendente de la revuelta. Sin embargo, en este sentido, no hay nada que esperar. Mientras cada destino terrible se discuta diariamente en los periódicos, mientras se sigan presentando las causas y las consecuencias aparentes, nadie llegará a conocer las oscuras fuerzas que han dominado su vida.
Viaje por la inflación alemana (1924)
Walter Benjamin 

agosto 19, 2013

Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.

11 de febrero de 1917, 

Antonio Gramsci